MEMORIAS DE UN COCINERO II

DEL ASADO, EL VINO Y LOS AMIGOS DE SIEMPRE

 

 

Esta historia seguramente no es diferente a muchas historias que ocurren a diario a lo largo y ancho de nuestro querido país. Y como la que seguramente Usted, amable lector, habrá protagonizado o protagonizará, si aun es muy joven, cuando pasen los años. La única diferencia entre la suya y la mía, es que esta es mi historia y la de mis compañeros y por eso puedo contarla en estas Memorias.

Comenzó para muchos de nosotros un lunes 2 de agosto de 1971, cuando se iniciaron los cursillos de pre ingreso a la Escuela Superior de Comercio “Libertador General San Martín”, dependiente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Rosario. Otros se sumaron en marzo de 1972 cuando comenzaron las clases del Primer Año y algunos un año más tarde, en 1973. Desde aquellos días, nunca más nos separamos. Y nuestra amistad, como los buenos vinos que se añejan en barricas de roble, cada día que pasa es mejor, se disfruta más, se saborea a cada trago, en cada encuentro, en cada asado, en cada salida.

 

 

Hoy han pasado cincuenta años y sin embargo, cuando estamos juntos, podemos comprobar un hecho irrefutable: si bien los cuerpos envejecen, las almas siguen siendo las mismas de siempre y conservan la misma pureza y los mismos ideales a pesar de los que nos tocó vivir y de lo que cambió el mundo.

 

LOS PRIMEROS AÑOS

 

Llegamos al primer día de clases en los estertores de una dictadura que había sido muy dura. Y muy pronto llegó la democracia, en 1973. Y con ella la ebullición de los centros de estudiantes, la reaparición de los partidos políticos y la militancia estudiantil. Pero qué distinta que era. Trotkistas, peronistas, comunistas, radicales y socialistas debatíamos fuertemente pero nadie tenía que “tolerar” a nadie. No se hablaba de tolerancia. Se hablaba de respeto por las ideas del compañero. Entre nosotros había de todos los colores. Pero después de las asambleas o de las marchas, nos íbamos todos juntos a tomar algo al bar de la esquina. Nuestro Bar. El bar Nino de Boulevard Oroño y Mendoza

 

 

El resto es historia. La democracia se fue transformando. Aparecieron los escuadrones de la muerte de López Rega. La fatídica Triple AAA. La expulsión de los Montoneros de la plaza de mayo por parte de Perón. La muerte de Perón. El Gobierno de Isabel y finalmente el horror inimaginable de la peor dictadura que jamás existió. Justo cuando estábamos cursando quinto año.

 

 

Siempre juntos. Espalda con espalda. Y viviendo cada asado y bebiendo cada vino como si fuera el último que íbamos a tomar todos reunidos. Porque además había estado de sitio y hacer un asado entre amigos era un evento clandestino, ya que toda reunión estaba prohibida.

 

NUNCA FALTÓ LA EXCUSA PARA UN BUEN ASADO

 

LOS AÑOS DE MADUREZ

 

 

Tuvimos la fortuna de sobrevivir. Llevando a cuestas el trauma del sobreviviente. Porque todos perdimos amigos, parientes o conocidos del barrio. Y comenzamos a vivir la vida de adultos. Un inmenso sube y baja en el que a veces estábamos arriba y otras veces besando la lona.

Como todos los argentinos. Algunos nos fuimos a probar suerte en otras tierras. Algunos se fundieron y se levantaron. Pero nunca dejamos de vernos alrededor de una mesa, de un asado y de unos buenos vinos. Por esa época, en general en parrillas o restaurantes. Manteniendo viva la magia que un día por esas cosas de la Vida nos reunió en un salón de clases.

 

 

Hubo muchos hechos felices que compartimos y ya para esa época, en casas que se alternaban. Nacieron los hijos de todos. Fueron creciendo y creciendo. Y yo, que había decidido no tenerlos, tuve cuatro matrimonios. Tres excelentes, uno olvidable.

 

 

Y también nos golpearon con una fuerza devastadora las tragedias. Que lejos de hacer que nuestros encuentros se distancien, provocaron lo contrario. Los hicieron mucho más frecuentes y ya, por fin, ritualizados. Casa designada en Funes. Asador designado. Vinos cada vez mejores, porque la oferta de vinos mejoró tanto como nuestra amistad y por supuesto la sobremesa con abundante espumoso, tarta y luego café o mate con facturas. Más la clásica cerveza para algunos y algunas herejes. No más de dos.

 

 

Si alguno andaba en la buena, invitaba. Si alguno andaba en la mala, otro, discretamente se acercaba a la hora de pagar y le pasaba por debajo de la mesa o le ponía en el bolsillo de la remera la plata para pagar. Que siempre era el doble o el triple de la cuenta. Como para que le sobraran unos pesos. Y no lo supiera nadie.

 

NUNCA FALTARON LOS BRINDIS

 

 

LA SEGUNDA MADUREZ

 

 

Hoy superando todos los sesenta y con una dosis de la vacuna aplicada, estamos más juntos que nunca. Si las restricciones nos lo permiten, nos vemos un par de veces al mes. Casi todas son abuelas, yo soy tío abuelo serial después de tantos matrimonios y no nos cansamos de reírnos de las mismas anécdotas de hace cincuenta años. Comenzamos a olvidar algunos nombres y bromeamos acerca del día en que nos juntemos pero no nos conozcamos.

 

 

Si hubiésemos juntado todos los corchos que destapamos en el último medio siglo, seguramente llenaríamos uno de los silos Davis. Pero en aquella época no soñábamos con que la vida iba a ser tan generosa con nosotros y regalarnos amigos que nos iban a acompañar para siempre.

 

Y POR SUPUESTO PARA LAS LARGAS CHARLAS DE SOBREMESA, SIEMPRE ESTUVO EL ESPUMOSO

 

 

 

UN PUNTO ESPECIAL PARA OSCAR

 

 

Con Oscar somos amigos desde 1978. También nos conocimos en un aula. Y tampoco nos separamos nunca más. Hemos hecho muchas cosas. Y tenemos proyectos para hacer muchas más. Gracias a su confianza y a la plena libertad para hacer mi trabajo como editor, puedo escribir estas columnas. Y seguir compartiendo la mesa y el vino.

 

 

Emilio R. Moya

 

 

Oscar Tarrío

Director Periodístico Chefs 4 Estaciones en Chefs 4 Estaciones / Ex Editorial Diario La Capital

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