UN BRINDIS POR VERDI

EL COMPOSITOR DE LOS OPRIMIDOS

 

 

El célebre maestro italiano Giuseppe Verdi, compositor de 28 óperas, entre ellas “Aída”, “Rigoletto” y “La Traviata”, nació el 10 de octubre de 1813,  hace  más de 200 años. Y si bien en la imaginación popular, el compositor al que se vincula más estrechamente a la idea de comida es, sin duda, Gioachino Rossini. Ya sea por su tamaño “iconográfico”, o por los platos que llevan su nombre, empezando por los tournedós o los canelones. Giuseppe Verdi era un gourmet muy refinado y también un bebedor atento con un paladar excelente.

 

 

Giuseppe Verdi, de origen modesto y campesino, como tantos otros compositores de ópera venía del pueblo. En su obra refleja las pasiones, dolores y alegrías de la gente con la que creció, todos hombres y mujeres humildes. No obstante, le gustaba frecuentar los salones lujosos y aristocráticos de Paris o Milán. Poco iba a los lugares abarrotados de gente, prefería los lugares discretos, evitando a toda costa las comidas pantagruélicas, era exigente en la mesa y adoraba el champagne.

 

 

FOODIE Y ENÓFILO AVANT LA LETTRE

 

 

En sus obras, entre las más famosas e importantes del siglo XIX, hay numerosas referencias a la comida y al vino. Todos recuerdan el inicio del tercer acto de Falstaff con el protagonista homónimo sentado en la mítica Osteria della Giarrettiera canta: “Taverniere: una copa de vino caliente.” Falstaff está agotado, se siente viejo, pero la copa de vino inmediatamente lo levanta y lo hace cantar: “El buen vino pierde cuentos sombríos. De desánimo, ilumina la vista y los pensamientos”. También en el primer acto de Otelo, Iago hace beber a Cassio: “¡Riega la úvula! Trinca, ¡bebe!”. Giuseppe Verdi no solo amaba los placeres de la mesa, sino también la compañía de un buen vino. No pocos sostienen que la música de Verdi está llena de referencias a Lambrusco, incluso con la intención de promocionar su territorio y sus productos.

 

 

De hecho, no es solo uno de los artistas de los que Emilia Romagna – e Italia en general – está más orgullosa, sino que también es, en retrospectiva, uno de los testimonios históricos más apasionantes que, después de más de doscientos años de su nacimiento, sabe transmitir aún el amor por su tierra. Giuseppe Verdi ha dado a conocer al mundo entero su apego a los orígenes, al territorio del Po entre Parma y Piacenza. Ha sabido concentrar en veintisiete obras todos los matices de sentimientos y sensaciones que nunca abandonaron a quienes nacieron y se criaron en la niebla, en el calor, en el arte, en los perfumes, en la cocina tradicional y en las vastas extensiones de campos salpicados de pequeñas aldeas.

 

SUS ORÍGENES

 

 

El padre de Giuseppe Verdi era dueño de una pequeña posada en Roncole di Busseto donde también vendía vino, licores, café, azúcar y otros productos alimenticios: de aquí probablemente derivó el amor y la atención que el gran compositor siempre ha mostrado por la tierra y sus productos. En 1851 Verdi se trasladó a una casona en Sant’Agata, cerca de Busseto pero ya en la provincia de Piacenza: aquí compuso Trovatore, La Traviata, La Forza del Destino, Don Carlos, Aida y la última obra maestra, Falstaff. Aquí prefirió recibir amigos cercanos a participar en reuniones sociales en Parma y Milán, y aquí incluso comenzó a interesarse activamente en la producción agrícola de sus tierras y en la cría de ganado.

 

 

Verdi amaba profundamente el vino y tan pronto como las finanzas se lo permitían, compró la tierra alrededor de Villa Sant’Agata, donde plantó un gran viñedo. Gracias a las cartas que se conservan, sabemos que Verdi era un hombre acostumbrado a levantarse de madrugada para supervisar las labores de su finca, donde criaba caballos, vacas, ovejas, y que, incluso cuando la música lo llevaba a otra parte, se cuidaba de escribir a los agricultores para discutir en detalle cómo tomar medidas para reconstruir los canales de riego. Por tanto, no es de extrañar que en los textos de Verdi haya a menudo escenas relacionadas con la comida y el vino. No debemos olvidar que la comida y el vino, consumidos en los palcos del teatro, han sido el contorno de las representaciones de ópera durante décadas.

 

LA GASTRONOMÍA COMO ESCENARIO

 

 

Posadas, tabernas, banquetes privados y brindis abundan en los libretos de Verdi: a veces son solo un escenario, a veces, como en Falstaff, lugares clave desde donde comienza la acción. La Traviata comienza alrededor de una mesa de comedor: “Libiamo, libiamo ne’lieti chalices”. El Otello comienza fuera de una taberna, poco después sigue el brindis para celebrar el regreso del héroe. Rigoletto comienza en un ambiente de convivencia, una fiesta, y es durante un banquete, en el segundo acto, que la sombra de Banco aparece en Macbeth. Las Vísperas sicilianas comienzan con un brindis y sería imposible pensar en Falstaff sin la Osteria della Giarrettiera, que, como era de esperar, aparece al comienzo de los tres actos de la ópera.

 

 

Como prueba del interés que Giuseppe Verdi tenía por la buena comida, las numerosas cartas escritas por él y su compañera de vida, Giuseppina Strepponi, que relatan consejos, recetas y anécdotas culinarias. Entre los productos más populares de la casa Verdi estaba obviamente la paleta de cotta de San Secondo y el anolini.

 

SU GRAN AMOR

 

 

Giuseppina Strepponi (1815-1897) era hija de un organista y compositor, consiguió fama muy joven como cantante de ópera, la soprano más famosa de Italia. Interpretó obras de Donizetti, Rossini, Bellini o Verdi… Era ya famosa cuando conoció a Giuseppe Verdi, a quien ayudó a acceder a la Scala de Milán y a darse a conocer. Cuando su voz comenzó a fallar, se mudó a París para enseñar. Verdi, que estaba en Inglaterra para el estreno de una ópera en julio de 1847, regresó vía París y comenzó su romance. Su convivencia de 12 años a menudo se consideraba escandalosa, pero se casaron en 1859 y permanecieron juntos por el resto de sus vidas. Su matrimonio fue feliz y Verdi estaba profundamente entristecido por su muerte en 1897.

 

 

Cuando compuso La Traviata en 1853, Verdi estaba defendiendo a su compañera desde hacía varios años, la soprano Giuseppina Strepponi, que había sido en su juventud una mujer de “poca virtud” para la sociedad y que ahora, al vivir públicamente con él sin casarse –solo lo harían, y en secreto, muchos años más tarde–, se había convertido en objeto de absoluto desprecio para muchos. Al hacer de la cortesana Violetta Valery una auténtica heroína, mucho más digna y decente que los hipócritas burgueses que la rodean, Verdi estaba, pues, alzando un monumento musical a su compañera y, al mismo tiempo, mostrando a los espectadores en un espejo la parte más oscura de sus atildadas apariencias.

 

LA CARTA DE SAN PETERSBURGO

 

 

En esta carta que escribe su mujer Giuseppina Strepponi, con las exigencias del músico para un viaje a San Petersburgo, se conocen algunas de sus aficiones culinarias:

“Verdi dice que ha cometido un error al firmar este contrato, porque lo obliga a trabajar y, por lo tanto, a sudar excesivamente en verano y luego a pasar demasiado frío en invierno. ¡Harán falta los tallarines y los macarrones bien preparados para recuperar su buen humor en medio del hielo y los abrigos de piel¡

Nos quedaremos en Rusia unos tres meses y comeremos cuatro, dos amos y dos criados. Podrías conseguir para nosotros, las provisiones de los siguientes productos: macarrones, queso y embutidos. En cuanto al vino, he aquí el número de botellas y las cantidades que Verdi desearía:

100 botellas de Burdeos Piccolo para comer

20 botellas de Burdeos fino

20 botellas de Champaña”

Cómo se puede notar, Verdi tenía especial preferencia por  los licores franceses. Era un gran amante y degustador de los vinos y algunas veces reflejaba este gusto en su obra. Precisamente la Traviata, tiene una importante e inolvidable escena,  llamada el brindis en el acto I.

 

EL COMENTARIO DE GIUSEPPE GIACOSA

 

 

“Verdi no es goloso, sino refinando; su mesa es francamente agradable, es decir, magnífica y sabia. Verdi no come demasiado ni es difícil complacerlo. Se siente bien sentado a la mesa como todos los hombres sanos, sensatos y sobrios, pero ante todo le gusta que irradie a su alrededor el júbilo agudo y sincero que acompaña y sucede a las buenas y exquisitas comidas: es un hombre disciplinado y, como tal, cree que toda función de la vida debe tener su momento de esplendor; es un artista y, como tal, considera con razón que la comida es también una obra de arte”. -Giuseppe Giacosa con ocasión del jubileo artístico de Verdi, en 1889.

 

TRABAJO, CAFÉ Y COCINA

 

 

Si bien es cierto que el músico disfrutaba de la buena mesa, su prioridad era el trabajo. Durante las jornadas que pasaba junto al piano se olvidaba de comer, haciendo largas jornadas de ayuno, bebiendo grandes cantidades de café. Se afirma que además era un apasionado del tema. Su amiga de la infancia Luisa Mancinelli-Cora decía que “el maestro llegó a consumir dieciséis tazas al día y que a él le gustaba preparárselo”.

 

 

En aquellos momentos más tranquilos donde no tenía tanto trabajo, le gustaba cocinar, era un experto en el risotto y gran conocedor de los productos de su tierra.

 

RECETA DE VERDI PARA COCINAR ESPALDILLA DE CERDO

“Antes de ponerla al fuego, hay que quitarle la sal, es decir, dejarla un par de horas en agua tibia. Después se pone al fuego dentro de un recipiente con agua. Debe hervir a fuego lento durante seis horas, y luego la dejarás que se enfríe en su caldo. En cuanto esté fría, o sea unas veinticuatro horas después, sácala de la olla y sécala: entonces ya puedes empezar a comer…”

 

 

SUS ÚLTIMAS COMIDAS

 

 

Aún en la vejez, siguió disfrutando de la buena mesa. El 7 de enero de 1901, veinte días antes de su muerte y con 88 años, escribió este menú para que le fuera servido en la habitación del Grand Hotel Milano:

 

Risotto a la cartujana

Lubina hervida con mayonesa

Buey asado

Chuletas de cordero

Carne a la parmesana

Pavo asado

Ensalada

Postre

Fruta

Helado al ron

Todo regado con cuatro vinos selectos

 

LA DESPEDIDA DE SU PUEBLO

 

 

Los últimos días de enero de 1901, recién comenzado el siglo XX, en las habitaciones del Grand Hotel de Milán, agonizaba el maestro Giuseppe Verdi, abatido a los 87 años por una trombosis. Al amanecer del 30 de enero, tres días después de su fallecimiento, doscientas mil personas se agolparon en las calles en absoluto silencio para acompañar el féretro hasta el Cementerio Monumental. Y apenas un mes después, cuando sus restos y los de su esposa Giuseppina fueron trasladados, como era su voluntad, a la Casa di Riposo para viejos músicos fundada y dotada por él, más de trescientos mil italianos acudieron a rendirle el último homenaje, acompañando como una sola voz el Va pensiero que un coro de ochocientos cantantes interpretó mientras la carroza fúnebre se ponía en marcha. Lo cierto es que los italianos no decían adiós tan solo a un genio de la música, sino a un hombre que, con la única arma de sus partituras, había contribuido a la unificación del país tanto como el propio Garibaldi, y había demostrado siempre una integridad y una fortaleza que lo habían convertido en un gigante artístico y moral.

 

 

En una carta fechada en 1895 Verdi rechaza la publicación de sus memorias con estas palabras. Esta frase de Verdi pone de relieve su carácter sencillo y poco amigo del protagonismo en primera persona. “El mundo de la música ya tiene bastante con haber soportado mi música durante tanto tiempo! (…) Jamás lo condenaría a leer mi prosa”.

 

 

Emilio R. Moya

 

Fuentes: me-gusta.org, elcondimentariodemargarita.com, conoscereverdi.it

 

 

Oscar Tarrío

Director Periodístico Chefs 4 Estaciones en Chefs 4 Estaciones / Ex Editorial Diario La Capital

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