VIAJAR PARA VIVIR

VIVIR PARA VIAJAR

 

 

Buenos días amables lectores. Mientras preparaba algunos apuntes para escribir esta nota, recordé un artículo que había leído hace unos cuatro años, en La Vanguardia de Barcelona, escrito por el psicólogo y periodista Julio César Álvarez, que me había encantado. Seguramente, con veinticinco años menos, me hubiese zambullido en la computadora a escribir directamente, utilizando los fragmentos que recordaba de aquel artículo. Lo que hubiera sido una torpeza y una descortesía.

 

 

Una torpeza, porque la memoria no retiene los matices más ricos de un texto. Y una descortesía, hacia ustedes y hacia el autor, porque no cuesta nada hoy en día, buscar la nota, releer los párrafos y citar lo más jugoso, para que lo reciban de primera mano. Se trataba de los viajes. Y de las edades para viajar.

Afortunadamente para ustedes y para mí, hoy he pasado los sesenta, y estoy mucho más liviano de equipaje. Cuando uno utiliza el paso de los años para ir sacándose pesos de encima, el resultado es maravilloso. Sin el peso del Ego, de la confianza excesiva en tener la razón, de los prejuicios y de los juicios de los demás, uno se puede detener a  pensar sin esas mochilas que tanto pesan. Así que vayamos a lo nuestro. Y hablemos de los viajes después de los sesenta.

 

 

UN ARTÍCULO Y UN LECTOR

 

 

Varias fueron las cosas que me impactaron de aquel escrito. Empezando por el título “¿Demasiado mayor para viajar? Usted no me conoce” y luego la bajada “Con más de 60 años, la edad y la experiencia acercan nuevos objetivos… No hay mejores o peores viajes, sólo hay viajeros hallando su propio destino”. Cuando lo leí tenía 58 años y hoy estoy a punto de cumplir 62, por lo que me incluyen las generales de la ley. Y bastó leer ese encabezado para dirigirme a la nota, que era bastante breve, como mosca a la miel. Es que los viajes, siempre han sido mi mejor manera de aprender y de disfrutar al mismo tiempo. Lo que me han dado mi identidad y mi manera de entender el mundo.

Álvarez citaba “Bufalino escribía, “hay quien viaja para perderse, quien viaja para encontrarse”. La experiencia del viaje es siempre transformadora y fascinante. De un modo u otro. Una suave depuración de nuestra forma de estar en el mundo. Y posiblemente uno de esos sencillos métodos para acercarnos a nosotros mismos.

 

 

De niños adoramos viajar. La experiencia de nuestras primeras vacaciones. La primera vez que conocemos el mar. El bosque, la selva o la montaña, son siempre inolvidables. Al crecer tendemos a la monotonía. A movernos solo hacia lugares conocidos. Una peligrosa tentación, porque la rutina ofrece una falsa sensación de comodidad. El viaje en cambio rompe esa inercia.

Ver actuar a otros de diferente modo nos predispone a cuestionarnos. Y aunque resulte incómodo, es la vía más segura de aproximarnos al cambio. Cuando cambiar resulta más necesario y más difícil.

 

 

LA PERSPECTIVA DE ÁLVAREZ

 

 

Se aprende a viajar como se aprende a escribir. Es decir, con práctica, dedicación y auténtico interés. Sino aparecerá el rechazo. Que al final destierra cualquier experiencia real de nuestras vidas. Viajar tampoco debe ser una obligación. Niega los principios básicos en los que desarrollar su aprendizaje.

Álvarez señalaba también que “con más de 60 años, la edad y la experiencia acercan nuevos objetivos. Permiten tomar un avión para un descanso merecido. Observar de cerca los cuadros de un museo. O simplemente pasear por aquel lugar en mitad de la naturaleza. No hay mejores o peores viajes. Sólo hay viajeros hallando su propio destino. Se tiende equivocadamente a utilizar el viaje como medida de estatus social. Una degradación tan torpe del propio viaje que prácticamente sonroja. Torremolinos es tan válido como Budapest si logra crear un bienestar profundo. No debe olvidarse que existen diferentes lugares para diferentes personas. Y que el prejuicio nunca acompaña a un buen viajero. Tampoco los horarios ni los planes rígidos. Únicamente dejarse llevar y permitir la sorpresa. El deslumbrante atractivo de lo inesperado”.

 

CUANDO LAS VACACIONES DURAN PARA SIEMPRE

 

 

La palabra jubilación proviene del latín “iubilare” que significa  “gritar de alegría”. Para otros, este verbo viene del hebreo יובל , yobel  el sonido de la trompeta que anunciaba el año de retirarse.  Por otra parte, la palabra yobel en el Antiguo Testamento se usaba en relación con una celebración que tenía lugar cada cincuenta años, cuando los hombres cumplían 49 años y entraban en una nueva fase de la vida. Su origen en dos lenguas distintas tiene una explicación plausible: de la tradición hebrea evolucionó al latín.

Dejar de tener que cumplir con las obligaciones laborales debería ser un buen motivo para gritar de alegría. Desde los tres años cumplimos con obligaciones. Primero en los jardines maternales o guarderías. Después en la educación primaria y secundaria. Más tarde en el trabajo o en la Universidad y así sucesivamente, hasta que un día, y de golpe, todo concluye y se nos otorga la libertad condicional. Sujeta a nuestras posibilidades concretas de subsistencia post jubilación.

Pero por más miserable que sea la jubilación, por más delicada que sea su salud. Por más solo que crea que está. Nada ni nadie le puede impedir viajar. Porque no existe una sola manera de viajar. Hay tantas maneras de viajar como viajeros.

 

EL VIAJE IMAGINARIO

 

 

Y recurro nuevamente a Julio César Álvarez “el viaje es útil como guía. Como hallazgo repentino o como sueño pendiente. Olvidamos a menudo que también se produce leyendo e incluso fantaseando. Por lo que nunca es demasiado tarde para acercarnos a la otra punta del planeta desde nuestro sofá. Eso explicaría el éxito de programas y revistas de viajes. Investigaciones recientes confirman lo que muchos ya intuían. Que el hecho de leer sobre viajes modifica nuestro cerebro como si en realidad hubiésemos estado allí. Esto es una excelente noticia para los que físicamente no pueden desplazarse.

 

 

Ahora ese libro de Emilio Salgari también puede ser una gigantesca invitación a vagar por África viviendo directamente una aventura sin rozar el riesgo. Un cerebro en movimiento básicamente es un cerebro feliz. Equilibrado y disponible ante nuevos estímulos”.

Este mensaje también es para usted, en términos de Alejandro Dolina, “joven borrego o borrega” que está leyendo esta nota, ¿qué tal si cuando va a visitar a su abuelo o a su abuela, no se lleva algún libro de viajes y le lee alguna historia para llevarla hacia lejanas selva o mares bravíos? ¿O usted, que tiene a sus padres en una institución porque ya no pueden movilizarse, que tal si una tarde no los visita y les cuenta detalles de algún viaje que hicieron juntos alguna vez, para que se remonten con la imaginación a aquel momento feliz?

 

LOS VIAJES REALES

 

 

Para todos nosotros hay un viaje esperando. Algunos podrán llegar más lejos. Otros irán a las Termas de Río Hondo de la mano del PAMI. Algunos viajarán solos. Otros con sus amigos.

 

 

Pero a los sesenta, sesenta y cinco o setenta años, somos lo suficientemente jóvenes para la Vida. Y la Vida es para ser vivida. Para ser disfrutada. No para mirarla por televisión.

 

 

Es el momento de visitar las bodegas de Mendoza, de Salta, de la Patagonia. De conocer las cocinas de Tucumán, de San Juan, de Jujuy o de Neuquén. De ir a los Esteros de Iberá, a la Selva misionera. A la costa del Mar Argentino. Y si te gustan los quesos, a visitar las queserías artesanales. Y si te gustan los salames a La Colonia Caroya, a Oncativo, a Tandil o a algún lugar sin descubrir todavía.

 

 

Y si te da el cuero para ir más lejos llega hasta donde puedas, hasta donde te lleven tus sueños y tu corazón. Hasta donde el cielo se junte con el mar. Más allá del Horizonte.

 

Y PARA MUESTRA BASTA UN BOTÓN

 

 

 

Emilio R. Moya

 

Fuente; La Vanguardia, Barcelona, 7 de junio de 2018
Oscar Tarrío

Director Periodístico Chefs 4 Estaciones en Chefs 4 Estaciones / Ex Editorial Diario La Capital

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