COMER EN EL MOULIN ROUGE

COMER EN EL MOULIN ROUGE

 

Los amantes de los viajes, de la buena mesa, del buen vivir, del arte y de la historia. Aquellas personas que hacen de la enogastronomía y el turismo gastronómico una religión laica, y tienen la posibilidad de hacerlo.

Al menos una vez en la vida deberían peregrinar a París para cenar en el Moulin Rouge, tal cual lo hicieron por más de ciento treinta años los personajes más variopintos de la escena mundial.

 

Un poco de historia. El Moulin Rouge abrió sus puertas a las 8 de la tarde del 6 de octubre de 1889. El año de la Exposición Universal que inauguró la Tour Eiffel. En esa dinámica de progreso del fin de siglo, sus fundadores, el catalán Joseph Oller y Charles Zidier, dueños ya del Olympia, quisieron una sala que representara la modernidad. El Moulin Rouge fue, por ejemplo, el primer edificio electrificado de París.

Dos años después, Oller, un visionario, encarga un primer afiche a Toulouse-Lautrec, pintor pero sobre todo buen cliente, ya que a diferencia de sus colegas era rico. Con ese “La Gouloue”, porque la cabeza de cartel, y artista mejor pagada de París era su modelo, el pintor inaugura un género, asociado para siempre con el espectáculo.

El pintor y el Moulin Rouge

 

Toulouse Lautrec fue el cronista privilegiado de aquel molino rojo de los primeros años. No en vano, fue uno de los invitados estelares a la premiere, en 1889.

El pintor fue desde entonces un cliente fijo y retrató como nadie a las grandes estrellas del cabaret y el cancán, a sus chicas más famosas (Jane Avril, Yvette Guilbert y Louise Weber) y a los clientes más peculiares.

La relación del pintor con el «Moulin Rouge» será especial al convertirse en uno de sus mejores clientes. Inmortalizó el local en numerosos carteles en los que figuran las grandes estrellas del cabaret y del cancán, aunque las más habituales fueron Jane Avril, Yvette Guilbert y sobre todo Louise Weber, llamada «La Goulue». Para todas ellas realizó una fantástica serie de carteles utilizando la litografía en colores.

La Goulue, la bailarina más famosa del Moulin Rouge

 

 

La Goulue o «la glotona» es una de esas biografías intensas y singulares que rodearon el Moulin Rouge de principios de siglo XX.  Llamada Louise Weber, nació en 1866 y murió en 1929. Ha pasado a la historia con bailarina de can can y llegó a ser considerada la número 1 de su época. Su inmortalidad vino de la mano de Toulouse Lautrec y su famoso cartel.

De origen tal vez alsaciano, su madre trabajó en una lavandería, un oficio que acercó a la pequeña Louise al mundo de la ropa y los vestidos.

 

 

Como bailarina, derrochó siempre una enorme personalidad y encanto, lo cual le granjeó pronto una fama enorme. Muy provocadora, utilizaba los juegos de faldas y su flexibilidad para deleitar a la audiencia masculina con número eróticos y cómicos. El apelativo de la glotona proviene de su recurso de beberse los restos de los vasos de los clientes de las primeras filas, para regocijo y diversión de la audiencia.

 

 

Fue probablemente la primera estrella importante de esa nueva sala de fiestas llamada Moulin Rouge. Sirvió como modelo de grandes artistas, conoció a Renoir y por supuesto a Toulouse Lautrec.  Se convirtió en un símbolo del can can y de la noche parisina y la bailarina mejor pagada.

El Moulin Rouge en nuestros días

 

 

Hoy, con sus 450 empleados, el Moulin Rouge es una máquina que no descansa: dos espectáculos por noche, los 365 días del año, interpretados por 60 artistas de 14 nacionalidades. Los mil trajes del vestuario son diseñados en talleres propios. Y desde hace unos años, el cabaret es propietario también de tres iconos del artesanado de arte: Maison Fevrier (plumassiers, preparadores de plumas), Atelier Valentin (bordados) y Maison Clairvoy (calzado).

 

 

A la sala, de estilo Belle Epoque, rediseñada por Henri Mahé en 1951, le añadieron recientemente un discreto palco VIP, para 24 cubiertos, un balcón con vistas sobre la sala y, como es lógico una percepción privilegiada del espectáculo, esa renovada “Féerie”, que ya sobrepasó los 12 millones de espectadores.

 

 

El cliente del espacio VIP no hace cola. Un maître lo busca en la entrada y lo conduce a su mesa, para la que Le Quellec creó un menú digno de los tres estrellas en los que trabajó. Tras los variados amuse-bouche (tapas) se plantean sabrosas dudas. Porque hay tres opciones en cada caso. Para empezar, el cliente debe decidirse entre un tartare de ternera de Corrèze con ostras impératrice de Joël Dupuch, un cremoso de acedera con caviar imperial de Sologne y focaccia con bonito seco y un carpaccio de cèpes de sotobosque, huevo bio, lardo di Colonnata y caracoles con emulsión de ajo rosado de Lautrec.

 

 

¿Plato principal? Bouillabaise de pescados del Mediterráneo, con su rouille (óxido, literalmente, por su color; emulsión de ajo, pan, yema, pimentón, azafrán, aceite de oliva y un poco de caldo de pescado), chuletón doble de ternera con agnolotti, o solomillo de ciervo con salsa grand veneur al chocolate. Los quesos no exigen elección; si, en cambio, el suculento trío de postres. Lo bueno, además de ser pecado, tiene un precio. Pero dado que el menú incluye el champagne de gran marca, el coste del menú VIP, unos 420€, es inferior al de una cena equivalente en un tres estrellas. Sin olvidar el espectáculo, comprendido en la adición.

 

A propósito, hay champagne en todos los menús, aunque las etiquetas se adecúan a los presupuestos, desde los 185€ del Mistinguett a los 225€ del Belle Époque. Esa generosidad burbujeante explica que el Moulin Rouge sea el consumidor particular de champagne más importante del mundo: ¡240.000 botellas anuales! En fin, para quien quiera ponerse culturalmente en situación, antes de disfrutar cena y espectáculo, hasta el 27 de enero el Grand Palais dedicaba una espectacular exposición -200 obras en doce salas- a “Toulouse-Lautrec resueltamente moderno”.

 

 

En el recorrido hay proyecciones que muestran el Moulin Rouge de los comienzos, cuando las bailarinas del cancán se desplomaban, piernas en extensión, al final del baile, en medio del público. Precisamente se ve a una, en medio de damas y caballeros distraídos, en una tela del pintor. Escena captada desde la mesa en la que, cada noche, con su botella de mal licor, Toulouse Lautrec dibujaba, infatigable.

Un equipo de prestigio para una cena inolvidable

Cuando nos sentamos en la mesa de uno de los establecimientos más famosos de París, es lógico esperar una comida gourmet francesa digna de ese nombre, para degustar este Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad según la Unesco (2010).

El chef David Le Quellec cuenta con la ayuda de Alexis Mathey. Con 25 personas en la cocina, elaboran los menús desde el entrante hasta el postre para 600 cubiertos todas las noches del año. Un equipo de 120 personas se encarga de servir a 600.000 comensales al año. Entre las delicias que se pueden degustar en este restaurante, podemos mencionar el sot-l’y-laisse de pavo salteado, el tataki de atún mi-cuit o la sopa de un jardín a la francesa.

 

 

 

Los más golosos adorarán los postres igualmente exquisitos, como la tarta ópera con salsa de chocolate o la trilogía de sorbetes de frutas de temporada. Los menús están elaborados con productos de temporada, por lo que varían según la época del año.

Menús para todos los gustos

El restaurante ofrece platos a la carta y menús y está abierto a todos los públicos. Por tanto, se pueden reservar menús infantiles. Los más exigentes también encontrarán menús para vegetarianos y veganos. Sin embargo, se recomienda informarse a la hora de reservar, ya que es posible que los platos a la carta no incluyan el precio para ver la revista.

 

 

Para vivir una noche aún más glamorosa, se puede elegir una velada Toulouse-Lautrec o una velada Belle Époque, que incluyen media botella de champán. También se puede reservar una velada VIP en el balcón imperial, donde los invitados disfrutarán de una vista excepcional del espectáculo y de una deliciosa cena en privado.

El restaurante del Moulin Rouge goza de una fama que no tiene nada que envidiar a sus espectáculos. Los paladares más golosos y sibaritas disfrutarán de una cena tan exquisita como la actuación de la revista.

 

 

Emilio R. Moya

 

Oscar Tarrío

Director Periodístico Chefs 4 Estaciones en Chefs 4 Estaciones / Editorial Diario La Capital

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